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RESEÑA: EL LADRÓN DE ORQUÍDEAS – EL ARTE DE LA ADAPTACIÓN

RESEÑA: EL LADRÓN DE ORQUÍDEAS – EL ARTE DE LA ADAPTACIÓN

 

Por una vez me deleito en la construcción inteligente de un guión, a lo que se añade una magnífica interpretación y un preciso, pulcro montaje. Estamos ante un ejemplo de metacine. El cine habla de sí mismo, de sus dificultades y sus tramas, de sus arbitrariedades y frivolidades, de sus engaños.
Su protagonista, interpretado por un bien alimentado Nicholas Cage, nos lleva a través de la elaboración de un guión. Manifiestamente tocado por el síndrome de Bartleby, que diría Vila-Matas, se halla en un callejón sin salida, pues está fascinado por la belleza y la calidad del libro que debe adaptar para el cine. Su conciencia artística es tal que no le permite acercarse a la creación sin sentir un terror paralizante, el mismo que siente ante el amor.
La idealización de las vivencias o las expectativas sitúa al ser humano en un desfase entre lo esperado y lo vivido. Como decía el maestro Shakespeare, todas las cosas de este mundo se persiguen con más ardor que se gozan. Y cuando se gozan, no tiene por qué ser para siempre y los motivos para perseguirlas no tienen por qué pertenecer al dominio de la razón.
Sobrevuela a la historia la teoría de la adaptación de Darwin. Sólo sobreviven los fuertes, los que saben adaptarse al medio que les toca vivir, sin la angustia que provoca en el hombre el deseo de transformar a la perfección el mundo que le rodea porque no es capaz de aceptarlo.
Construida sobre el trazado de unos personajes que se nos revelan distintos a como los hemos concebido por sus manifestaciones externas y se metamorfosean ante los ojos atentos del espectador, esta es una película para un público al que le guste pensar, un público que será movido al llanto, a la risa y a la fascinación, envuelto en el aroma fantasmal de las orquídeas, las flores más eróticas de la tierra.

 

Olga Tenorio.

Hoy, el espectador es un neurótico… y te explico el por qué.

Hoy, el espectador es un neurótico… y te explico el por qué.

Prefiere el cine pero hace publicidad. Vive en el campo y trabaja en el centro. Hincha de Boca, es primo de Juan Pablo Sorín, que era de River. Pese al prestigio de La Película del Rey, esperó doce años para volver a filmar.

El tiempo no parece haber pasado para él. Sigue eléctrico, como el joven que era hace quince años, cuando dirigió La película del rey, como en redtube. La barba ya no es sólo negra, aunque su cabello corto, prolijo, sí.

Carlos Sorín tiene su productora de publicidad —Guacamole— en el Pasaje Ushuaia, en Nuñez. María Laura Santillán vive casi enfrente. Del otro lado, el tren del ramal a Tigre tapa por momentos su conversación, apurada, segura, casi nunca pausada. Hay que subir largas escaleras para llegar hasta allí, a la larga mesa de madera rodeada de ventanales, (in)convenientemente tapados por plantas. En un box hay una isla de edición. Allí Sorín aprieta un play, sube el volumen y avanza las imágenes de Historias mínimas en la pantalla de la computadora. Ofrece café y cierra la puerta.

A veces, mientras hace las fotos, relojea el box, tal vez imaginando la reacción ante su película. La primera que filma, después de doce años.

Sus tres largometrajes (La película del rey, premiada en Venecia, en Biarritz, en Valladolid; Eterna sonrisa de New Jersey, con Daniel Day-Lewis, e Historias mínimas, con auténticos desconocidos) transcurren en el sur argentinos. “Yo me siento cómodo, es por feeling a las fotos porno que tomé. Me siento bien en esos escenarios, con esos personajes. Tengo asociado el cine con el sur, o sea que cuando estoy ahí es porque voy a filmar.”

Cuando no filma largometrajes, que es casi siempre, Sorín realiza publicidades. Dirige cincuenta por año —”ahora un poco menos”, dice, culpando indirectamente a la crisis económica—. “Estamos hablando de seiscientos comerciales en doce años, a razón de 2.000 metros por comercial, filmé 1.200.000 metros. Son como cincuenta largometrajes en la Argentina.”

¿Qué hubiera sido de no haber conocido la publicidad y el cine? “Posiblemente deportista”, dice. Carlos es primo de Juan Pablo, el volante de la Seleccción de Bielsa. “Lo peor es que mi mujer es prima de Juan Pablo Angel”, ex jugador, como su primo, de River. Lo de lo peor se entiende: Carlos es fanático de Boca Juniors.

Sorín vive desde hace unos años en el campo, con Patricia, su mujer, y sus hijos. Se sube al auto todos los días y llega de Capilla del Señor hasta su productora en cuarenta minutos, escuchando música por la ruta para desenchufarse. Como es un loco por los fierros (“así llegué al cine, por enamorarme de los engranajes de la cámara”), despunta sus vicios con un tractor. Subido a él construyó un lago en su propiedad. También cría algo de ganado, como para consumo propio.

Para alguien que vive en las afueras, Buenos Aires ya tiene ese no sé qué, que él descubre con su mujer. “Cada quince días no hacemos una escapada de fin de semana. Como turista, Buenos Aires es maravillosa”, dice y parece que esta vez no bromea.

El equipo que lo acompañó en su película es la misma gente con la que normalmente trabaja en publicidad. Historias mínimas tuvo su arranque una tarde del año pasado, cuando Sorín salió de ver Una historia sencilla, de David Lynch, con su hija Estefanía, de doce años. “Eso, sumado a una película que yo quiero mucho, por lo ingenua, que es Milagro en Milán, que es la mejor película de la historia del cine, me convencieron. La película surgió después de estar trabajando en un libro bastante engorroso y farragoso

– ¿El de Gardel?
– No, otro que empecé. Demasiado pretencioso, con sentencias realmente ingeniosas e importantes, ¡pero yo detesto las películas que tienen frases inolvidables! Y en ese momento había empezado a trabajar con Pablo Solarz. Dije pucha, yo quiero hacer algo así, sin pretensiones.

– De gente sencilla…
– De gente que no dice ninguna cosa trascendente, donde si hay algo más importante pasa por otro lado. Con ese espíritu salimos en setiembre con Solarz (guionista de Por ese palpitar en TV) a buscar la historia. Queríamos una comedia. En diciembre estaba el primer libro, en enero ya estaba el casting, en abril empezamos a filmar, y en junio terminamos.

La rodó rigurosamente en el orden. Sorín se fue al sur, a buscar historias, sin ninguna idea, más que un espíritu de película. Seleccionó “gente”, no actores (aunque después haya apelado a uno o dos rostros conocidos por publicidad) que le parecía que estaban cerca de los personajes. “Cuando trabajás con no actores es muy importante que entre la personalidad de quien interpreta y el interpretado no haya mucha distancia. En esta película vos decías ¡Corte! y todo seguía igual.”

– A esas personas ¿les pasó eso lo que contás en la película?
– María es un personaje que yo conocí cuando hice una película de Telefónica, en Clemente Onelli. Ella había usurpado la estación de tren, tal cual; su marido hacía changas antes de que Clemente desapareciera. Y ella mandaba cartas a programas de TV, como en la película. Pasé hace poco y era casi un pueblo fantasma. Son vidas muy duras en lugares muy duros.

Lo mismo con Don Justo, el viejito que busca recuperar a su perro. “Filmé mucho material, cada toma es única. Si sacás un gestito es una sola vez en la vida. Filmé unas cincuenta horas. Una película que la podía hacer en seis semanas la hice en nueve. ¿Por qué? Había que relajar, si no salía bien, salía bien al otro día. Esta película funciona en relación con cierto encanto que tenga la gente; si eso no funciona… no hay nada más atrás.”

La gente recuerda al Sorín de La película del rey, no tanto Eterna sonrisa de New Jersey —él mismo dijo que nunca quiso estrenar aquí—, y por el falso documental La era del ñandú. Hay una idea de Sorín, en cuanto a director fantasioso.

“Esto es un aterrizaje de realismo, sí, sí, pero es la película que tenía ganas de hacer. Al menos, hace unos meses.” La risa de Sorín es contagiosa. “Quería filmar a gente simple, la gente es como es, no dice cosas trascendentes continuamente, ni las piensa, a veces en toda la vida, pero tiene sus pequeños dramas. Son historias insignificantes de gente poco importante. El secreto era ponerse en los zapatos del personaje. Cada uno de sus viajes es muy trascendente. La comunicación en esta película, si funciona, es emotiva. No es otra cosa.

– ¿Con las otras dos pasaba por otro lado?
– Sí. La película del rey era para gente de cine. Esta, qué sé yo, para viajantes de comercio.

“Cada fracaso es una oportunidad para cambiar el rumbo.”. La frase la dice, justamente, un viajante de comercio, el tercer protagonista de su nueva película. “Un viajante de comercio llegaba a un pueblo hace treinta años y era una personalidad. Ahora, con la TV y el DirecTV, es la muerte de un viajante. Ese es el otro personaje, mi actor fetiche, César García. No es actor, en realidad es un mozo.”

– ¿Cómo podrá atraer esta película al público? ¿Será por vos?
– La apelación va a ser una película argentina con un elenco nunca visto (rie). Escuchame una cosa: con el reparto que tengo, un viejo que va a buscar un perro, y otro que lleva una torta de cumpleaños a lo largo de 400 kilómetros, va a ser muy duro llevar gente. Pensaba comprar imágenes a Image Bank y armar un afiche… Será muy duro, pero si llega a ir gente, va a funcionar.

Cerca del ventanal que da a las vías, hay un puchingball. ¿Eso es para descargar energías? “Era, era. Pero ahora estoy mucho más tranquilo. Hace mucho que no lo uso.” Jura y rejura que trató de cuidarse de “muchos tics publicitarios, que en un largo te pueden llegar a ser insoportables”.

– ¿Te divierte hacer publicidad o largos?
– No, largos. Me encanta.

– ¿Y por qué hacés tan pocas películas?
– Y, porque en publicidad se gana plata. En largos todavía no he podido (ríe). La película del rey todavía la sigo vendiendo. El año pasado a Japón, y ahora hay unas pasadas en Puerto Rico. Nunca saqué el cálculo. Creo que a la larga salí más o menos hecho. Mirá, acá se estrenó y creo que no fue nadie. A la semana ganó en Venecia, y en el Lorca estuvo como un año.

Y vuelve a reír. Cree que la tele tuvo influencia en el cine. “El espectador se volvió más ágil en percibir imágenes, no necesita tanta explicación. De cualquier manera, es un espectador más neurótico, más flasheado. No es un espectador reflexivo. Habría que ver qué pasa hoy con El desierto rojo, de Antonioni. No sé si es bueno o malo, no puedo juzgarlo.”

Su hijo Nicolás, que estudió música en Berkley y ahora en el Mancini Institute, compondrá la música de Historias mínimas, como lo hizo con su corto para Telefónica que transcurre en París. Sorín tiene una hija mayor, Carolina, y a Sebastian, de 20, que trabaja con él.

– ¿Te imaginás de nuevo por el mundo con tu película, recorriendo festivales?
– No. Los premios me ponen incómodo.

– ¿Y el de Venecia?
– Venecia no, pero después entrás en una feria de vanidades. Prefiero estar en el campo. No soy muy sociable. Detesto los cócteles, trato de no ir jamás a un estreno. Hace poco fui a uno y me escondí detrás de una columna. Es un tema físico. No es un problema ideológico…

¿Bromea?